Cap. 5 - Maestro de títeres




Sentí el picaporte de la puerta, ahí estaba Micaela a los gritos: - ¡Bajá esa música, Jorge!

Yo sonreía. No podía evitar subir el volumen cuando escuchaba música de los 90. Toda la vida había soñado con vivir en Seattle, en la época dorada del grunge, donde bandas increíbles como Soundgarden, Pearl Jam, Alice in Chains o Nirvana, estaban en la cresta de la ola musical. Probablemente fueron los últimos años donde MTV regalaba música a sus televidentes.

Ella sostenía que yo era un bicho de esa época, que me había estancado en esa era musical y que, de ser por mi, viviría vistiendo camisas a cuadros abiertas con alguna remera debajo. No estaba tan equivocada, aunque yo disfrutaba mucho más cuando se lo negaba. Era una de las tantas formas que había encontrado para ponerla de mal humor, la negativa de una evidente verdad.

Micaela llevaba años a mi lado, teníamos una amistad que sólo se podía leer en novelas románticas donde, al final, el hombre siempre terminaba enamorado. Y aunque éste no era el caso, la mayoría de los días por momentos sentía que era la única persona que creaba un puente entre mi mundo y el resto de las personas.

- ¿Otra vez estás tomando? -Exclamó con desilusión- ¿Viste la hora que es, Jorge? Son las 10 de la mañana y ya casi no se te entiende cuando hablás-. En el fondo, ella sabía mejor que nadie que tenía serios problemas con el alcohol, pero el amor que me profesaba no se lo permitía ver, prefería creer que era un adolescente rebelde que desayunaba con cerveza para para demostrarle al mundo que podía hacerlo a cualquier hora, sin necesidad de darle explicaciones a nadie, como una especie de acto de poder... Nada más lejos de la verdad. Pocas personas me conocían como ella, pero era la única que cuando se trataba del alcohol inventaba su propia historia para evitar la real, que era mucho más simple y penosa.

En un principio, se sentaba a tomar algún que otro vaso a la tarde conmigo, para soportar el calor de esta ciudad que es lo más cercana al infierno en épocas de verano. Los viernes solíamos terminar los dos borrachos discutiendo sobre la vida, capaces de solucionar todos los problemas del mundo a través de un vaso. Teníamos la respuesta para todo, siempre nos preguntábamos cómo no ideábamos algún plan para dominar el mundo y regirlo bajo nuestras reglas, aunque nunca logramos llevarlo a cabo.

Ella no había tenido lo que se dice una infancia feliz. Su padre era un controlador obsesivo y la madre siempre estuvo a merced de los deseos de su progenitor, incapaz de recriminar una sola de sus directivas. Se trataba de un ex militar retirado, cansado de la vida misma, con una sola razón que lo mantenía vivo: Micaela. Yo lo sabía y, en cierta forma, lo usaba a mi favor en muchas circunstancias. Sé que no lo hice totalmente a conciencia, pero eso no me libra de nada.

Solía venir a casa en cualquier momento de la semana, a cualquier hora, era mi amiga, mi madre, mi consejera, mi pareja... se enojaba terriblemente cuando me veía tomando. Y aunque en un principio solía compartirlo conmigo después dejó de hacerlo, llegaba y rápidamente se ofrecía a preparar café, o venía con una Coca Cola fría lista para tomar, como si de esta forma puediera evitar que yo siempre diese la misma respuesta: “Ya destapé una cerveza”.

- Jorge, no podés vivir a cerveza -solía decir, y yo la miraba como diciendo "No vamos a tener otra vez la misma charla". Estaba cansada de verme tomar, aunque más que eso, la agobiaba tener que estar lidiando con dos personas distintas, con ciclotimias que generaban contradicciones en cuestión de horas. Cansada de que la lastimara cuando no encontraba otra forma de exteriorizar mi odio hacia absolutamente todo lo que me rodeaba. Esto iba a estallar en cualquier momento.

De a poco. empecé a verla como una molestia, una carga que me recordaba incesantemente que ya había tomado bastante... Y yo no sabía parar, no existía una cantidad suficiente para mi, dos cervezas eran poco, tres eran poco, cuatro... Sus embistes empezaron a hacerse cada vez más frecuentes y cada vez más anticipados a mis respuestas. Empezó a entender la lógica de mi pensamiento y rebatía cada uno de mis argumentos para que me dejase en paz. ¿Era tan difícil de entender? Puede que existiese un motivo, un disparador, pero no estaba preocupado por encontrarlo, quería ir hasta el freezer y sacar la siguiente cerveza, eso era absolutamente todo lo que quería hacer, sin quejas, sin reproches ni cuestiones de lógica estratégica. TOMAR solamente. Nada más.

- Dale Jorge, ya tomaste mucho ¿Para qué vas a seguir? -me decía... Esto era retórica en su más puro estado. Ella no estaba preguntando y yo tampoco estaba dispuesto a escucharla,  mucho menos a responderle algo que ambos sabíamos que no tenía una respuesta coherente. Fue en este punto donde se produjo el quiebre porque ella no quería entrar en razón. Si podía manejar mi trabajo, mis resacas matutinas y hasta había logrado un doctorado en vomitar como si me estuviera cambiando de remera ¿por qué ella no dejaba que todo siguiera su curso natural y me dejaba hacer lo mío? ¿Por qué tenía que ponerme entre la espada y la pared?

No quería perderla, por lo que no me dejó otra opción que acudir a lo que mejor se hacer: manipular. Yo soy un maestro de títeres, sé de qué hilo tirar para conseguir la reacción que quiero, siempre lo he hecho con todo el mundo, pero nunca había querido hacerlo con ella, que era un ángel para mi y no quería arruinarla... sin embargo, tuve que cortarle las alas y arrastrarla en el barro, perturbarle la mente al punto que ya no distinguiera lo que estaba bien de lo que estaba mal... Que se quedara en mi vida, pero que dejase de sentirse parte de mi decisión por el alcohol. Algo era seguro: entre el alcohol y ella, no tenía muchas posibilidades de salir airosa en la elección.

Durante toda su vida había visto a su padre manipulando a las personas a su gusto y, si bien eso le daba cierta ventaja sobre el resto de los mortales, yo era muy bueno en esto. El mejor de todos.

Fue durante la primer discusión fuerte sobre mis excesos donde empecé a dar vuelta toda la conversación, a manejar las palabras como si fueran arcilla para transformarla en afilados cuchillos que fui tirando uno a uno contra ella. Los primeros fueron cayendo, estaba acostumbrada a recibir golpes psicológicos de parte de su padre, pero se había olvidado de algo: el arte de la magia se basa en la distracción. Así fue como saqué el as de mi manga: -  ¿Sabés que pasa, Mica? Vos estás deseando que yo haga lo que vos querés, lo mismo que hizo tu viejo con vos durante años...- Y seguí... a los gritos - ¡Pero eso no te lo voy a permitir! ¡Yo voy a tomar lo que se me raje y vos no vas a venir a decirme lo que tengo que hacer!-. Quedó shockeada, me miró y se largó a llorar desconsolada - Perdoname, Jorge ¿De verdad es eso lo que te hago sentir?

¡Aplaudan señores! ¡Había ganado una vez más! Lo había conseguido casi sin esfuerzo, la había quebrado en mil partes, le había distorsionado el campo de la realidad al punto que me estaba pidiendo disculpas... por cuidarme. ¡Explíquenme ustedes la ironía!.

Cualquier pelotudo de poca monta puede retorcer la verdad, lo hace un golpeador con su pareja todo el tiempo, sin ir más lejos. Pero, a diferencia de éstos, yo soy una obra de ingeniería avanzada, un verdadero hijo de puta con todas las letras. Por supuesto que me sentí mal por manejarla de esta forma, pero fue una sensación apenas pasajera, olvidé todo con su primer abrazo, la total y absoluta confirmación de que mis palabras habían sido las correctas. Sentí alivio de que se tragara toda esa basura sin siquiera poder cuestionarse qué tanto tenía de real. El amor hace fuerte a las personas, pero esa fuerza no siempre se aplica en la dirección correcta.

Solo había una cosa que me inquietaba: cuánto tiempo iba a poder mantenerla bajo este efecto enfermizo, qué tan fuerte había sido la dosis para mantenerla sedada.

Durante los próximos meses. Micaela siguió viniendo a mi casa, ahora más apagada, triste. Yo sabía lo que estaba pasando y terminé siendo víctima de mi propio consejo, uno que supe darle a un amigo en una charla: - ¿Sabes lo que pasa cuando un vidrio se raja? No para de romperse hasta que solo quedan esquirlas y no importa cuánto lo cuides, tarde o temprano se destroza.

Que bueno que soy para dar consejos a la gente... Un genio.

Pasaron muchos años. Más años pasé en mi habitación, solo. La misma donde habíamos compartido miles de tardes. Hasta que un día ella logró sacarse las vendas, lo venía haciendo muy de a poco, para acostumbrarse lentamente a la luz. Es que el gran problema de armar un campo de distorsión es que en algún momento se desvanece, esa imagen proyectada tan cerca de tus ojos, que no te permite ver lo que hay detrás, no dura para siempre y el resultado final ¿saben cuál es? Un terrible odio, indiscutible, innegable y eterno.

Sé que ya no hay vuelta atrás y que es muy probable que nunca leas esto: te quiero Mica.

 

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