Cap. 10 - Querida, "llegué"





El miércoles a las 11 de la noche recibo un mensaje al celular que decía, textualmente: "Me encantan tus manos, deben agarrar fuerte ¿no?"


Miré el número detenidamente, no era conocido... pero una gran manía mía es la de tener todos los contactos perfectamente agendados para identificar en segundos a la persona que no quiero atender, así que debía tratarse de una incorporación reciente. Ahí fue cuando recordé que el fin de semana pasado había tenido un cruce fugaz con Ariana Laura Pastillas Alcohol, cuando bajaba del auto. Ella se estaba retirando y parecía bastante apurada. Se volvió para saludarme y me preguntó si no tenía inconvenientes en darle mi número. No vi mayores problemas, así que se lo di. Seamos sinceros: más que un problema, era una especie de milagro digno de la villa de la Sanación ¿Por qué razón esta mujer descendiente directa de Afrodita tendría tanto interés en hablar conmigo? No es que tenga problemas con las mujeres, todo lo contrario, siempre fui un hombre de mucha suerte en este aspecto... pero ser un alcohólico en tratamiento resta algunos puntos.

Quedé algo desconcertado por el mensaje. "Manos fuertes" me repetí... y aunque no capté la intención desde un principio, no me llevó mucho tiempo responder: "Si, de hecho son bastante fuertes, tienen la costumbre de agarrar con firmeza". "Mmm, con firmeza..." respondió ella. Sabía perfectamente que yo había entrado en su juego. Todavía no conocía las reglas, pero  estábamos hablando de lo mismo.

Empezamos a enviarnos un mensaje tras otro, todos crípticos al ojo ajeno, pero perfectamente entendibles para nosotros:

“Esa firmeza debería medirse en lugares húmedos.”

“Cuidado con la perra. Muerde.”

“¿Te gusta Brasil?. Es un estilo que me gusta lucir entre mis piernas.”

Esos fueron algunos de los mensajes... Claro que respondí a todos y cada uno mientras empezaba a sentir cómo el calor poco a poco asaltaba mi cuerpo. Alguno de esos escritos me obligaron a bajar una mano para calmar la dureza que latía en mis pantalones... más de una vez.

Esto pasó durante gran parte de la noche del miércoles y del jueves, por lo que yo ya había entrado en un estado de excitación importante... El viernes, Ariana decidió arrancar la mañana con una llamada:

- ¿Es  temprano para contarte que tuve un sueño con vos que me dejó muy mal?

Silencio expectante de mi parte. La respiración se me aceleró al toque.

- Iba a tu casa -continuó, sabiendo que tenía toda mi atención. - Llevaba uno de mis vestidos cortos, el blanco, no sabés los problemas que tengo con él, se me nota toda la ropa interior... Me comiste la boca ni bien abriste la puerta, tiraste mi bolso a un lado y me alzaste contra la pared... Asomó a tus labios esa sonrisa de lado, tan siniestra pero a la vez electrizante y, en un segundo, tu cara desapareció en mi escote, mientras tu lengua buscaba mis pezones.  

» Sentí la dureza entre tus piernas y me enloqueció. Te ayudé a liberarla pero decidiste alargar el juego, torturarme con las ansias, acariciándome con tu miembro dentro de mis muslos pero sin penetrarme. Yo me desesperaba por tenerte adentro y vos no dejabas de jugar... Hasta que me llevaste cerca de la  cama... me diste vuelta y me ordenaste que me inclinara... Obediente como soy, así quedé por un rato... el vestido levantado, los tacos puestos, la cola al aire, esperando. Volviste con un par de juguetes....

» De un momento al otro estaba esposada, mi cara contra el respaldo de la cama, vos introduciéndome un consolador por delante mientras me lubricabas la cola con tu saliva para  hundirte en mi con malicia. Me arrancaste un gemido bien fuerte y me di vuelta para mirarte a la cara, tus ojos me lo decían todo, el anhelo imparable, tu mano en mi cadera, poseyéndome como un loco. Grité de excitación.  

» Cuando me desperté, hervía. Tuve que tocarme, no lo pude evitar y abajo de mis sábanas terminé lo que vos habías empezado. Si te hubiese tenido al lado mío, en ese momento...
Dejó en pausa la frase, esperando una respuesta de mi parte.

- Ese... fue un sueño muy loco... Ariana -fue todo lo que alcancé a articular con una garganta seca de tanto contener la respiración. No aguantaba más las ganas de tenerla en mi cama. Las imágenes vulgares, la descripción de situaciones tan precisas. Y sabiendo que era muy capaz de hacer realidad todo lo que relataba...

Una tentación terrible. Pecaminosa.

Pecar no es un problema para mi, no soy creyente.

¡Por fin esto se ponía interesante! Tanto sanatorio, tanta iglesia adventista, tantos médicos dando vueltas. Por un momento, creí haberme internado en una clínica de rehabilitación para alcohólicos.

Me gusta el arte. Soy un tipo que se puede definir como “artístico”, y eso transpira en mis fotos, mi música y mis textos. Pero todo tiene un límite, y el límite llegó. Ya era hora de terminar con todo el drama literario de este blog y hacer de uno de los capítulos una buena noche de fin de semana, cuando menos UNA.

¿Tendría marido? no es que me preocupara realmente. Si su marido no sabía cuidarla, no era algo en lo que tuviese que meterme. Pero sí me interesaba estar libre de problemas en el sentido de que no quería lidiar con el timbre sonando como la 5ta sinfonía de Beethoven preso del señor dueño de la orquesta a los gritos tras la puerta, reclamando el instrumento de su pertenencia. Una escena violenta tampoco me amedrentaba, en última instancia, todo se resolvería cuando ella volviese con su esposo, listo. Pero, entiendan, molestarme a mi, en mi casa, alterar mi paz... podría ser contraproducente para el tratamiento y realmente estaba intentando mantener todo en perfecto orden para seguir lo más lejos posible de la bebida.

Continué manteniendo el juego caliente, disimulando mis dudas para que, una vez estuviese  decidido, todo siguiese su rumbo.

Dicen que la carne es débil y como yo no soy quién para contradecir los dichos populares finalmente levanté el celular y envié el mensaje.

“Te espero el sábado en mi casa”

“¿Éste sábado?”

“¿Alguna objeción?”

“Si, varias.”

“¿Cuáles?”

“La dirección, la hora... y qué tenés planeado hacerme”

Le pasé mi direccion, tenía un viaje de 45 km aproximadamente, a lo que me indicó que ya lo tenía resuelto. En cuanto al último punto de su petición, juro que me vi tentado de responder algo como “...Nada, vestirme de teletubbie y hacerte una coreografía con sus canciones, incluye los grandes éxitos...”, o “...Es que compré entradas para una obra de teatro, se llama ‘Preguntame algo más estúpido’ ”.

Sí, claro que su pregunta fue intencional, pero no se puede azuzar así a un tipo que sufre de sarcasmo compulsivo.

Contesté con un simple “Desnudarte apenas llegues” y obtuve “Eso espero” como respuesta.

Llegó el sábado, yo ya tenia todo listo, me había encargado de dejar la casa en condiciones para que no se notase el desorden en el que vivo habitualmente. No es que me guste que todo esté fuera de lugar, pero últimamente ando con pocas ganas de hacer cosas y, sobre todo, cualquiera que tenga que ver con limpieza.

Sonó el timbre, abrí la puerta y ahí estaba, con su vestido blanco apenas por encima de la rodilla, de tela liviana y casi traslúcida, tacos altos, y un peinado muy cuidado, mix de lacio y bucles que denotaba un buen rato en la peluquería.

La miré fijamente a los ojos y luego bajé la vista unos minutos, dándome todo el tiempo para recorrer su cuerpo. Sonreí de lado con un gesto que decía “¡Bravo, nena, muy buen trabajo!”

La tome del brazo para ayudarla a traspasar el umbral mientras ponía llave a la puerta. Lentamente fui dejando caer mi mano en su cintura y me acerqué para besarla. Apreté con firmeza su  pelvis contra la mía y tomé su pera para sujetar su rostro mientras pasaba mi lengua por sus labios, la besaba de manera profunda e intensa durante segundos que parecían décadas, y luego volvía a lamer sus labios suavemente.

Empecé a sentir como me salía de mis cabales, la di vuelta bruscamente contra la pared y le levanté el vestido mientras ella bajaba su ropa interior. Comencé a frotar su entrepierna con mi mano mientras ella iba subiendo el nivel de gemidos; alzó un brazo y lo cruzó por mi cuello para llevar mi oído hasta su boca, así escuchaba cómo iba subiendo de a poco el ritmo de su respiración. La penetré sin delicadeza. No había lugar para la suavidad en ese momento. Embestía sus muslos mientras ella empujaba hacia mí con más violencia. Su cuerpo me estaba volviendo loco, pero la curvatura que se formaba justo en la unión de su espalda y su culo me tenía extasiado, era perfecto, una total obra de arte. Yo era un nene, un nene con un juguete nuevo. Miraba su perfil tan cuidado, el pelo que caía sobre su rostro, todo parecía dibujado sobre un lienzo. La atracción principal del museo del Louvre apoyada en mi pared.

Como capitán, soy el único con derecho a manejar el timón, y se sigue mi rumbo hasta que yo decida cambiarlo. Convertí sus caderas en mi mando para manejar el barco y la giré contra mí para besar sus senos, no había dejado de admirarlos desde la primera vez que los ví. Se sentían tan duros que decidí morder un poco sus pezones, y esto no hizo más que aumentar su excitación a tal punto que sentí como sus uñas se iban clavando en mi espalda. - ¡Mordeme! - exigió. Tiré de sus cabellos con firmeza - Yo soy el único que da órdenes - y sonreí para minimizar un poco el efecto de mi obsesión por el control.

La mesa quedaba a unos pocos metros de la pared de la puerta de entrada y quise continuar mi juego ahí -la había imaginado como uno de los posibles escenarios, por lo que me encargué de dejarla completamente vacía-. Mientras la besaba sin darle respiro, la fui acercando hacia ese mueble hasta que pude acostarla por completo, me fui alejando lentamente de su boca, besando su cuello, intercalando mordidas, empecé a jugar con un dedo en el volcán que se había transformado su púbis, manteniendo la zona lo más húmeda posible, mientras con la otra mano reclamé una de sus tetas, la succionaba y por momentos la mordisqueaba sólo para disfrutar de sus gemidos. Lamí bien mi dedo y se lo introduje lento por detrás mientras ella se arqueaba y daba vuelta los ojos en señal de placer. Dejé una mano en sus pechos y empecé a lamer su entrepierna, desde abajo hasta arriba, haciendo gala de este otro órgano que tan bien sé usar para que lo sintiera en toda la superficie de su vulva. Intentó levantarse para hundir con fuerza mi cabeza contra su pelvis, pero la volví a recostar violentamente en la mesa, haciendo contraste con mis movimientos infinítamente suaves y lentos, muy lentos, entre sus labios aterciopelados. Apretaba su pezón bien fuerte, y mantenía mi dedo en su ano, entrando y saliendo sin parar. Ofreció resistencia un par de veces hasta que se rindió y se entregó por completo. Gritó, aulló, mientras llegaba al clímax por segunda vez.

Me encanta el juego previo, todo lo que genera, el choque de sentidos, y ella lo estaba disfrutando tanto como yo. Decidí alzarla de la mesa y llevarla a la cama, la recosté y le ofrecí algo de tomar... sin alcohol por supuesto. Aceptó un poco de agua. Como corresponde, dejé que termine de hidratarse e inmediatamente me paré exponiendo mi miembro frente a su rostro. Tenía cierta curiosidad sobre lo que podía llegar a hacerme esa boca... ya había comprobado que para decir groserias funcionaba a la perfección. Minutos después, comprobaba que también era excelente para la felación.  

Para cumplir su fantasía, le pedí que me esperara y aparecí con un consolador tamaño normal, nada del otro mundo, tampoco quería generarme competencia yo solo, no soy tan pelotudo.

- ¡Ah, bueno! te acordaste! - rió complacida. La di vuelta, y ella sólo se quedó quieta mientras le levantaba la cola y comenzaba a lubricarla, espiándome sobre su hombro para atestiguar en detalle cómo comenzaba a tornar su sueño en realidad. Quizá pensó que alternando las miradas de reojo con el espejo de la pared no me daría cuenta de que no me sacaba la vista de encima, pero podía ver lo encantada que estaba con la situación, lo percibía en el brillo de sus ojos, en la sonrisa que no podía evitar. Intentaba brindarme un gesto serio y sensual, pero no lo lograba, su fascinación no le permitía evitar sonreír todo el tiempo.

Cuando estuvo lista, empecé la doble penetración. Retorció las sábanas - ¡Por Dios! - clamó. Ahora sí había entendido quién manejaba el juego. - ¡Dios mío! ¡Si! ¡Cómo te siento! ¡Más adentro! ¡Más! ¡Más fuerte! - los gritos siguieron en aumento al ritmo de mis arremetidas. Los movimientos se hicieron más bruscos, las acometidas, más violentas, el desenfreno se apoderó de nuestros cuerpos... hasta la explosión. Y luego, el silencio absoluto.

¡Qué hembra, por favor!

Así continuó la noche, alternando charlas sobre un poco de todo, de la vida, de nada... Seguimos revolcándonos, continuamos hablando, volvíamos a revolcarnos.

Eran las cuatro de la mañana cuando sonó el timbre, claro que no tenía ni puta idea de quién podía ser. Se me ocurrió preguntarlo en voz alta a través de la persiana: -¡¡¿Quién es?!!

- ¿Laura Machado está acá? - contestó una voz grave.

- ¿Quién es? - insistí.

- ¡El marido! ¿Está acá?

“…No Einstein, el auto que está en la puerta, con la patente del auto de tu mujer es de James Bond...”, pensé.

Volví a la habitación. Ariana Laura Pastillas Alcohol había escuchado cada palabra y, sin embargo, no mostraba ninguna sorpresa en su rostro. Peor aún, parecía disfrutarlo.

¡Puta madre!
 

Cap. 9 - Alquimistas del sexo




La vida es una mierda por donde se la mire: llena de obligaciones, problemas con sistemas políticos y económicos destinados a cagarle la vida a toda persona que intente habitar sobre la tierra, caos, guerras por doquier, hambre, inútiles en la cúpula cagándole la vida a cuanto empleado esté bajo sus directivas, religiones de todo tipo y color, cajeros ineficientes, municipales ineptos, celulares cada dia mas inteligentes destinados a complicarnos la vida hasta para lograr una puta comunicación telefónica.

Aun así, hay esperanza, existe una luz al final del sendero. Todavía quedan migajas que los peces gordos no pueden robar, a las que no pueden meter un impuesto por uso indiscriminado. Pueden comercializarlo -¡claro que ya encontraron la manera!-, pero, si tenemos un poco de suerte, todavía se consigue y gratis... Si, señoras y señores, damas y caballeros, putas y depravados, hablo del Sexo.

Ese acto increíble que nos hace entender todo el sentido de la mujer sobre la tierra, divas que se mueven como tiburones asesinos en el agua. Si existe algún lugar donde las mujeres pueden manejarse al igual que un soldado experto en pleno campo de guerra es en la cama. Se deslizan con tanta naturalidad que nos hacen pensar que salieron de alguna galaxia perdida en el sistema solar. Nacen sabiendo qué hacer en la cama y cómo... Y no me vengan con que el hombre tiene algo que ver en esto, porque acá estoy hablando de generaciones tras generaciones, de descendientes cósmicas en la que el hombre siquiera es una palabra conocida. ¿Saben de lo que hablo no?

Ellas conocen el juego mejor que nadie, lo dominan con una facilidad absoluta. Una sonrisa, una mirada, una pollera, un peinado, el color que eligieron para el lápiz de labios, el descuido de tomar un vaso de más, la palabra que deciden escribir en un chat... nada es casualidad, todo está perfectamente meditado... milimétricamente. Pero en su mayoría son tradicionalistas, les gusta que sea el hombre el que tome la iniciativa, por más mínima que sea, al menos eso da el toque de “masculinidad” para que ellas liberen su imaginación y nos vean como grandes machos protectores. Y no digo que las mujeres no se valgan por sí mismas, todo lo contrario, se valen lo suficiente como para elegir qué papel quieren cumplir en el juego.

Todas son unas verdaderas genias del arte de la seducción, pero acá hay algo que las divide en dos grandes grupos: las que lo conocen y lo aplican, y las que aún no lo conocen y sin embargo lo aplican. Alguien podría decir que me estoy olvidando de un tercer grupo: las que lo conocen y no lo aplican. Este último -sin intención de herir sentimientos-, no existe. Toda mujer que conoce el poder de la sugestión, lo usa, siempre, en mayor o menor medida, con algunas personas si, con otras no, o en determinadas situaciones, pero es un desliz que no pueden controlar.

La realidad es que también soy un adicto al sexo. Me gusta, me divierte, me relaja, hace que fluya energía positiva por todo mi cuerpo, hasta me olvido del alcohol por el lapso que dure el acto. ¿A alguien realmente no le gusta el sexo? No digo que tengan que ser fanáticos o que lo tomen como terapia alternativa a un tratamiento médico pero ¿a quién no le gusta enredarse un rato en la cama liberando tensiones, sintiendo cómo el cerebro recibe cada centímetro de la piel de la otra persona entre terminales hipersensitivas que descargan miles y miles de sensaciones? ¿Estoy exagerando?

Me gusta hablar de sexo, no sólo me gusta hacerlo. Además, creo que tanto el estímulo de la escritura como el de la palabra juegan un papel fundamental.

Y ustedes se preguntarán por qué estoy hablando de sexo y psicología Jorgeana de las mujeres. Todo tiene una razón: Ariana Laura Pastillas Alcohol.

Con semejante introducción, no queda demasiado por descubrir sobre lo que pienso escribir. Pero dejen que continúe con este relato en el próximo capítulo.
 

Cap. 8 - ¿Vamos a jugar?


Un mes y una semana sin tomar alcohol, estoy batiendo todo un récord; sin embargo, esto se esta volviendo cada día más complicado... las salidas, la gente, los amigos.

Mi cabeza está jugando conmigo como un nene con su muñeco. No me deja en paz. Me está pasando factura por cada una de las veces que decidí no escuchar.

El sábado a las 3 de la mañana me levanté, busqué los auriculares, el celular, puse algo de música y decidí salir a caminar un rato. Estaba agobiado por todo esto... esta situación de no poder dar stop a los pensamientos es algo que no estoy acostumbrado a manejar.

Los cambios profundos deben ir asimilándose con el tiempo, con paciencia, dedicación; sin embargo, mi vida no se está despertando de a poco, al contrario, siento cómo un increíble caudal de pensamientos que no puedo dominar me va violando bruscamente, no tengo idea de cómo frenarlo, me falta la experiencia, la capacidad.

El día se ha transformado en una avalancha de horas sobrantes, sin ocupaciones aparentes. Y la noche es lo más parecido a un sin sentido de cosas que trato de ir hilando, una a una, para darles una dirección... en vano.

Estoy totalmente desconectado de lo que pasa a mi alrededor... ¿No tenía que ser al revés?. Las pastillas para el tratamiento tienen varios efectos secundarios, la falta de concentración es uno de los que más se nota. Sin ir más lejos, en mi última visita a mi Salvador, tuvimos una charla sobre este tema. Me comentó sobre lo difícil que puede resultar intentar permanecer atento durante estos días... pero es pasajero, dice.

La depresión es otro de los fantasmas que dan vueltas en el proceso de recuperación. El golpe contra la realidad puede ser extremadamente duro.

¿Existe alguna fórmula para solucionar todos los errores que cometí? ¿Alguien sabe dónde se compra? Todos cometemos faltas, eso lo se. Todos somos humanos y boludos en muchos sentidos, pero algunas de esas equivocaciones pesan más que otras, son más duras de sobrellevar. Yo tengo unas cuantas que no me dejan dormir... Estando borracho es mucho más sencillo no pensar... y mucho más fácill, dormir.

Sin duda necesito una cerveza, y ustedes dirán "¡No! Sin el alcohol también podés"... Déjenme decirles: extraño la cerveza más que a mi ex novia, y eso no sé si habla peor de mi adicción o de la zorra intratable de mi ex novia. Siempre tuve mis serias dudas acerca de si me dejó por la vez que me puse a tirar sus perfumes desde un 3er piso o si fue por la vez que le revoleé toda la ropa a la calle desde el mismo balcón... tema aparte.

Estuve convencido de que las primeras semanas sin alcohol iban a ser las más complicadas. Me equivoqué ¡y no saben cómo!. Denme una cerveza y moveré el mundo, o mejor dicho, moveré el mundo por una cerveza. Si no fuera por la cantidad de plata que tengo gastada en medicamentos, tratamiento, viajes... juro que ya estaría tomando. Es similar a los que pagan la cuota del gimnasio para obligarse a ir ¿Saben de lo que hablo, no? Dudo que algún deportista esté leyendo este blog, pero vale el ejemplo.

Traten de sacar algo en limpio de este capítulo. Así me siento yo en este momento.

 

Cap. 7 1/2 - Buscando a Nemo


 

Cap. 7 - ¿Qué dijo papá?



Este domingo se cumple la cuarta semana de estar fresco, pero ¿dónde está la fiesta de felicitaciones con al menos 50 litros de cerveza helada, el barman, las mujeres de poca ropa... y, en lo posible, ningún invitado?


Sin embargo, me levanté como en un día normal. No había celebración, ni amigos saltando, nadie llamó por teléfono para decirme lo bien que estaba haciendo las cosas y, mucho menos, zorras desnudas caminando por distintas partes de la casa.

Lo que necesitaba estaba lejos de esa situación. Era mucho más simple, menos tangible pero más real.

Lavándome la cara para despabilarme, solo y aun rodeado de gente, este sentimiento de infinita soledad no se va. Supongo que en gran medida por esta razón deben existir los grupos de alcohólicos anónimos, donde se cuentan unos a los otros los problemas que les generó la bebida y cómo luchan día a día... - Hola, me llamo Martín Lucido, hace una semana que estoy fresco, ya dejé de tomarme los perfumes de mi tía y es la primera vez que me siento totalmente deprimido, porque esto de no tomar es una mierda... - Gracias Martín, nos encanta escucharte. ¿Alguien más quiere hablar?

No me hablen de apoyo familiar, ni de Alcohólicos Anónimos, que bastantes preconceptos tengo sobre esos grupitos. Ni de lo importante que es la gente, los conocidos, los amigos, en este proceso de recuperación. Acá no existe nadie que pueda hacer nada, con o sin felicitaciones. Es una decisión personal, que no incluye agasajos y que, por más que los planeen y se cansen de hacerlos, no pueden contra la determinación de uno mismo. Podés sentar a todo el mundo a contarle tu historia -de hecho, yo lo estoy haciendo ahora en cierta manera-, y todos van a escuchar atentos, van a asentir con la cabeza y van a decir “Pobre, debe ser difícil...” Eso, en el mejor de los casos; nunca faltará un hijo de puta que diga “¿Y para qué toma pastillas? Ni que fuera tan complicado dejar el alcohol”... tampoco es complicado dejar de ser un pelotudo, sin embargo, vos estás reprobando todos los exámenes, Einstein.

Hay miles de frases baratas dando vuelta por internet, armadas y listas para copiar y pegar, que hablan de que no hay peor enemigo que uno mismo... y es verdad, pero ¿qué saben ustedes de esto? ¿Creen que por no haber decidido aún qué peinado hacerse el sábado a la noche, o qué ropa ponerse el lunes, o porque no pueden dilucidar si seguir con la pareja que los vive haciendo cornudos todos los fines de semana, entienden de lo que se trata pelear con uno mismo? ¿Realmente piensan que esa frase pueda tener algo que ver con ustedes porque un día se quedaron en su casa y se sintieron solos y no supieron hacia dónde correr porque se trató de los primeros 15 minutos en todo el puto día en los que estuvieron en silencio y esto les recordó que tienen una deuda pendiente con ustedes mismos? ¿que hace semanas, meses y probablemente años que no escuchan lo que tienen para decirse?.

No me lo nieguen, están acostumbrados a llegar a su casa y prender la computadora, poner música, encender el televisor... cualquier ruido viene bien para evitar esa conexión con su individualidad. La evitan, y tienen razones para hacerlo: no la soportarían. Probablemente, la mayoría de ustedes terminaría suicidándose o presa de alguna adicción por el golpe que supone mirarse al espejo. ¿Seguros de que no? A partir de ahora y hasta mañana eliminen todo ruido de su entorno, no hablen, ni escuchen noticias, no salgan a rodearse de gente dialogando y, sobre todo, no tarareen melodías en su cabeza para distraerse. 24 horas solamente. Después, quiero que me cuenten qué tan fácil les fue en ese silencio absoluto.

Ya estoy escuchando la voz de Moine, mi editora: - Jorge, no podés tratar mal a tus lectores. ¡Ni insultarlos!... Jorge, no hace falta que me nombres en tus escritos... Jorge...-

Bueno Moine, no solo lo estoy haciendo sino que además esto persigue un fin, quiero dejarles un mensaje: no siempre las personas se despiertan con besos y abrazos; algunos, como yo, necesitan de algo más fuerte, de un golpe que los despabile, que les muestre dónde están parados y, aunque no se solucionen la vida en 10 minutos, les muestre dónde enfocar la mirada.

El único premio que necesitaba era ver a mi hija.

Pero al parecer, mi esfuerzo descomunal por mantenerme fresco, no ha sido suficiente. “Hazte la fama...” Muchas veces, no sólo se trata de intentar cambiar o de, efectivamente, hacerlo, sino de lograr que alguien CREA ese cambio.

Ayer estuve en un cumpleaños. Qué placer estar ahí entre todos borrachos y yo tomando Coca Cola... Me encabronó terriblemente, me molestó. Ahora estoy del otro lado de la vidriera. ¡Y yo no soy el espectador que se sienta a mirar! Estuve siempre del otro lado, del de los borrachos, de los que todo el mundo mira. Esta situación de espectador es... triste. Sobre todo, porque después de un mes de tratamiento, sigo pensando que la única forma de divertirse en una fiesta es tomando alcohol y, por favor, no me vengan con las estupideces de que la gente que no toma alcohol también se divierte porque, por alguna razón, siempre son los primeros en irse de una reunión.

Sin ambargo, todo este sentimiento de odio que siento hoy, no tiene que ver con el alcohol, sino con el quiebre que se genera en el alma cuando las expectativas chocan con la realidad.

Llegué del cumpleaños a las 4 de la madrugada, fresco. Tipo 6, después de descargar fotos y retocarlas, me acosté a dormir con la ilusión de que hoy sería un día distinto. A las 11 de la mañana levanté el teléfono y llamé a la madre de mi hija.

- Nada, es que llamaba para saber si puedo ir a buscar a Jazmín. Ya sé que no es lo que acordamos, pero..
- No Jorge, la semana que viene.  
- Es que vengo haciendo las cosas bien y me gustaria pasar a buscarla... un rato nada más.
- ¿Y quedarte dormido sobre la mesa para dejar a la nena llorando sola otra vez?
- Es que, no entendés, llevo un mes prácticamente sin tomar alcohol y...
- “Prácticamente”. Sí, Jorge, conozco ese “prácticamente”. Yo lo conozco, tu hija lo conoce...-Suspiro- Hablamos el fin de semana que viene.

Silencio. Seguramente se cortó la comunicación... Estos días de extremo calor nada anda bien en esta ciudad.

Esto me dice dos cosas: una, que se trata de una lucha personal donde absolutamente nadie puede ayudarme; la otra, que las compañías telefónicas cada día funcionan peor.

Cuarta semana y no me siento con ánimos para escribir, ni para hablar... pero sigo intentándolo.

Te extraño Jazmín. Papá.








 

Cap. 6 - Ariana Laura Pastillas Alcohol




Abrí la puerta principal del Sanatorio y empecé a buscar la mesa de informes. No todos los domingos uno decide irse de picnic a un centro de adicciones y, con la cantidad de gente que había en el lugar, me encontraba algo desorientado. Pueden quedarse tranquilos, no era el alcohol lo que me tenía perdido; en el sanatorio hay una regla que prohíbe atenderse o internarse borracho. Claro que para ustedes esto puede significar una ecuación simple y lógica, pero yo les puedo asegurar que más de un alcohólico desesperado debe haber caminado por esas escaleras en pésimo estado de ebriedad.

Antes de entrar, se podía ver gran cantidad de autos con distintas patentes internacionales. Gente de Paraguay, Uruguay, Chile, que decidían viajar hasta ahí para tratarse. Como es de imaginar, aunque todos tenían algo en común, ninguno de sus autos bajaba de la 100 lucas, un claro indicador del nivel económico que convive en ese lugar... que no es mi caso.

Mientras caminaba un poco indeciso, estudiaba a un paciente “VIP” -o, al menos, eso parecía-: no sólo conocía el lugar sino que, además, llevaba consigo una persona que se dedicaba diligentemente a buscarle y llevarle los bolsos y demás boludeces que tenía dentro del auto. Alcancé a divisar una guitarra enfundada entre sus cosas. Se me ocurrió que podría ser algún rockstar... De cualquier modo, no lo hubiera reconocido, no soy un gran fan de la música actual.

El tema es que estaba en la mesa de informes preguntando por mi turno. El lugar es tan grande que una enfermera se ofreció a acompañarme. Pasillos cruzándose con pasillos, salas inmensas y gente, mucha gente por todos lados, demasiada para mi gusto, demasiado para ser domingo. Creo haberles comentado que los adventistas no trabajan los sábados a cambio de trabajar el domingo... cosas de su religión, aunque prefiero no ahondar mucho en el tema porque mis conceptos sobre dogmas y creencias no son precisamente positivos.

Alcancé a notar que a la enfermera no le simpatizaban los alcohólicos. Probablemente porque fuera víctima de un padre alcohólico y, para lidiar con el mal que sufrió, terminó trabajando en el sanatorio como una forma de pagar por algo que seguramente no fue su culpa. Miraba hacia atrás para asegurarse que seguía su paso pero ni por casualidad se le ocurrió mostrar un solo gesto de cortesía, solo lo justo y necesario para hacer de guía turística y llevarme a destino.

Me dejó en la puerta de la sala de espera, que para darle un toque extra tenía un cartel de fondo verde y letras blancas que rezaba "BIENESTAR MENTAL". Sí, así, en mayúsculas. Ese fue el momento donde por primera vez pensé ¿qué mierda estoy haciendo aca?. ¿Cuál es la necesidad de un cartel que diga "bienestar mental"? ¿Por qué no se ahorraron la categoría médica con un simple "ALCOHÓLICOS Y PELOTUDOS, ACÁ"?

Al menos sonaría un poco más realista.

Como sea, ya en la sala de espera me senté mirando hacia abajo, tratando de no ejercer ningún contacto visual. Con la puta suerte que tengo yo, seguro me encontraba con el tipo más insoportable de mi secundaria listo para dispararme con todos sus problemas como si por alguna razón a mi me importaran. Escuchaba a la gente hablando de cuanta cosa insignificante se les ocurriese. No es de extrañar para nada, la sala de espera médica suele ser un centro de auto-ayuda para la gente que tiene la obsesiva necesidad de contarle sus problemas a todo el mundo. Podrían tomarme como ejemplo: yo no le ando contando mis problemas a cualquier tipo que encuentro en la calle, prefiero abrir un blog y contárselo a todo el mundo. Estoy que reviento de lógica.

Hasta que escuché una voz que dijo -"Jorge ¿cierto?"- y no pude imaginarme otra cosa que a la mina más intratable de mi secundaria. Con muchísima fortuna podría ser alguna de mis compañeras de trabajo, acompañando a su primo lejano, y yo ahí, tratándome por alcoholismo... qué buen comienzo para el tratamiento.

Levanté la cabeza de a poco, con gesto de "y ahora qué...". Y ahí estaba, como no podía ser de otra forma en cualquier relato que se precie de ser totalmente predecible, una mujer hermosa, total e increíblemente perfecta. Y si hay algo que yo sé hacer mejor que nadie es reconocer la belleza en todas sus formas. Que no esté a mi alcance no significa que no pueda reconocerla cuando la tengo enfrente.

La miré sin emitir  sonido. Insistió: - ¿Sos Jorge?
- Si -le dije- ¿te conozco? - me atajé de lo que podía seguir a esa afirmativa.
- Si, claro que nos conocemos - afirmó con cierto misterio que no me permitía terminar de dilucidar de quién se trataba. Rápidamente empecé a ejercer una búsqueda intensiva en mi cabeza, rostro tras rostro, con todas sus variantes, para conseguir dar con la persona que me estaba hablando. Siguió hablando hasta que estalló en una risa totalmente burlona - No, no te conozco, sé que te llamás Jorge porque eso dijiste cuando te presentaste a la secretaria, pero te hice dudar ¿no?.

¡STOP! ¿En qué mundo me había despertado? Estaba en un sanatorio, a punto de tratarme por alcohólico ¿y ahora una mujer lo más cercana a una diosa griega me estaba hablando? Estaba clarísimo que me hallaba dentro de uno de esos sueños que, cuando te levantás, todavia te dejan la sensación de haberlo vivido.

- A mi me pasa seguido -manifestó.
- ¿Qué cosa? -pregunté.
- No saber con quién estoy hablando, si conozco a la persona, si no la conozco...
Sí, entendía perfectamente lo que me estaba diciendo. Yo no solo he llegado a olvidar personas, también charlas, hasta días completos... como si nunca hubiesen existido.
- ¿Y tu nombre es...? -me forcé a seguir la conversación.  
- Acá me llamo Ariana.
- ¿Acá?
- Si, ese es mi nombre cuando estoy acá... Ariana Pastillas -remató.

Mi cabeza estallaba. Magnífica e irónica hasta la médula. Tenía ganas de pararme y aplaudirla, pero como siempre fui reacio a las charlas triviales con la gente, incluso con la que conozco, caí irremediablemente en el silencio, mirándola, y puedo asegurar que se dio cuenta de que me era inevitable dejar de hacerlo. Sabía lo que generaba en los hombres.

La pausa se alargó, estaba pensando qué decir. No sabía como reaccionaría y tampoco quería joder el diálogo. - Jorge Alcohol -escupí por fin.
- ¿Cómo? - asomó una sonrisa seductora.
- Alcohol es mi apellido. Jorge Alcohol.
- ¿Y tenés segundo apellido? -me siguió el juego.
- No, sólo Alcohol -espeté-. ¿Vos?
- Ah, si ¡qué mal educada! Mi segundo apellido también es Alcohol. Seguramente somos parientes
- Así parece -respondí. Ya no sabía cómo seguir la conversación por ese lado. Sin embargo, hice un último intento: - Es un lindo lugar para venir de vacaciones ¿no te parece?
- Ah si, a mi me encanta, vengo cada vez que puedo...

Podía verla: loca, desinhibida, despreocupada, enérgica, alcohólica, drogadicta, bella... ¡Por favor! ¡Qué combinación explosiva! No es que me vuelva loco por las mujeres en tratamiento, pero con esos rasgos que exponía a la luz y que aclaraban su pelo rubio como si fueran lenguas de fuego sacadas del mismo infierno, les aseguro que no les importaría que tuviese todas las adicciones que quisiera... nos les importaría como a mi no me importó en absoluto.

La magia le duró hasta que apareció el médico. Un simple “Laura, te toca...”, bastó para romper todo el hechizo. Me miró con un gesto extraño que hasta hoy estoy tratando de descifrar. No pude distinguir si fué un "gusto en conocerte", o un "sé que te vas a quedar pensando en mi, tanto que vas a dedicarme todo un capítulo de tu blog, porque sos un boludo"...

Si, probablemente fuese esto último.

Ariana Laura Pastillas Alcohol, lindo nombre.
 

Cap. 5 - Maestro de títeres




Sentí el picaporte de la puerta, ahí estaba Micaela a los gritos: - ¡Bajá esa música, Jorge!

Yo sonreía. No podía evitar subir el volumen cuando escuchaba música de los 90. Toda la vida había soñado con vivir en Seattle, en la época dorada del grunge, donde bandas increíbles como Soundgarden, Pearl Jam, Alice in Chains o Nirvana, estaban en la cresta de la ola musical. Probablemente fueron los últimos años donde MTV regalaba música a sus televidentes.

Ella sostenía que yo era un bicho de esa época, que me había estancado en esa era musical y que, de ser por mi, viviría vistiendo camisas a cuadros abiertas con alguna remera debajo. No estaba tan equivocada, aunque yo disfrutaba mucho más cuando se lo negaba. Era una de las tantas formas que había encontrado para ponerla de mal humor, la negativa de una evidente verdad.

Micaela llevaba años a mi lado, teníamos una amistad que sólo se podía leer en novelas románticas donde, al final, el hombre siempre terminaba enamorado. Y aunque éste no era el caso, la mayoría de los días por momentos sentía que era la única persona que creaba un puente entre mi mundo y el resto de las personas.

- ¿Otra vez estás tomando? -Exclamó con desilusión- ¿Viste la hora que es, Jorge? Son las 10 de la mañana y ya casi no se te entiende cuando hablás-. En el fondo, ella sabía mejor que nadie que tenía serios problemas con el alcohol, pero el amor que me profesaba no se lo permitía ver, prefería creer que era un adolescente rebelde que desayunaba con cerveza para para demostrarle al mundo que podía hacerlo a cualquier hora, sin necesidad de darle explicaciones a nadie, como una especie de acto de poder... Nada más lejos de la verdad. Pocas personas me conocían como ella, pero era la única que cuando se trataba del alcohol inventaba su propia historia para evitar la real, que era mucho más simple y penosa.

En un principio, se sentaba a tomar algún que otro vaso a la tarde conmigo, para soportar el calor de esta ciudad que es lo más cercana al infierno en épocas de verano. Los viernes solíamos terminar los dos borrachos discutiendo sobre la vida, capaces de solucionar todos los problemas del mundo a través de un vaso. Teníamos la respuesta para todo, siempre nos preguntábamos cómo no ideábamos algún plan para dominar el mundo y regirlo bajo nuestras reglas, aunque nunca logramos llevarlo a cabo.

Ella no había tenido lo que se dice una infancia feliz. Su padre era un controlador obsesivo y la madre siempre estuvo a merced de los deseos de su progenitor, incapaz de recriminar una sola de sus directivas. Se trataba de un ex militar retirado, cansado de la vida misma, con una sola razón que lo mantenía vivo: Micaela. Yo lo sabía y, en cierta forma, lo usaba a mi favor en muchas circunstancias. Sé que no lo hice totalmente a conciencia, pero eso no me libra de nada.

Solía venir a casa en cualquier momento de la semana, a cualquier hora, era mi amiga, mi madre, mi consejera, mi pareja... se enojaba terriblemente cuando me veía tomando. Y aunque en un principio solía compartirlo conmigo después dejó de hacerlo, llegaba y rápidamente se ofrecía a preparar café, o venía con una Coca Cola fría lista para tomar, como si de esta forma puediera evitar que yo siempre diese la misma respuesta: “Ya destapé una cerveza”.

- Jorge, no podés vivir a cerveza -solía decir, y yo la miraba como diciendo "No vamos a tener otra vez la misma charla". Estaba cansada de verme tomar, aunque más que eso, la agobiaba tener que estar lidiando con dos personas distintas, con ciclotimias que generaban contradicciones en cuestión de horas. Cansada de que la lastimara cuando no encontraba otra forma de exteriorizar mi odio hacia absolutamente todo lo que me rodeaba. Esto iba a estallar en cualquier momento.

De a poco. empecé a verla como una molestia, una carga que me recordaba incesantemente que ya había tomado bastante... Y yo no sabía parar, no existía una cantidad suficiente para mi, dos cervezas eran poco, tres eran poco, cuatro... Sus embistes empezaron a hacerse cada vez más frecuentes y cada vez más anticipados a mis respuestas. Empezó a entender la lógica de mi pensamiento y rebatía cada uno de mis argumentos para que me dejase en paz. ¿Era tan difícil de entender? Puede que existiese un motivo, un disparador, pero no estaba preocupado por encontrarlo, quería ir hasta el freezer y sacar la siguiente cerveza, eso era absolutamente todo lo que quería hacer, sin quejas, sin reproches ni cuestiones de lógica estratégica. TOMAR solamente. Nada más.

- Dale Jorge, ya tomaste mucho ¿Para qué vas a seguir? -me decía... Esto era retórica en su más puro estado. Ella no estaba preguntando y yo tampoco estaba dispuesto a escucharla,  mucho menos a responderle algo que ambos sabíamos que no tenía una respuesta coherente. Fue en este punto donde se produjo el quiebre porque ella no quería entrar en razón. Si podía manejar mi trabajo, mis resacas matutinas y hasta había logrado un doctorado en vomitar como si me estuviera cambiando de remera ¿por qué ella no dejaba que todo siguiera su curso natural y me dejaba hacer lo mío? ¿Por qué tenía que ponerme entre la espada y la pared?

No quería perderla, por lo que no me dejó otra opción que acudir a lo que mejor se hacer: manipular. Yo soy un maestro de títeres, sé de qué hilo tirar para conseguir la reacción que quiero, siempre lo he hecho con todo el mundo, pero nunca había querido hacerlo con ella, que era un ángel para mi y no quería arruinarla... sin embargo, tuve que cortarle las alas y arrastrarla en el barro, perturbarle la mente al punto que ya no distinguiera lo que estaba bien de lo que estaba mal... Que se quedara en mi vida, pero que dejase de sentirse parte de mi decisión por el alcohol. Algo era seguro: entre el alcohol y ella, no tenía muchas posibilidades de salir airosa en la elección.

Durante toda su vida había visto a su padre manipulando a las personas a su gusto y, si bien eso le daba cierta ventaja sobre el resto de los mortales, yo era muy bueno en esto. El mejor de todos.

Fue durante la primer discusión fuerte sobre mis excesos donde empecé a dar vuelta toda la conversación, a manejar las palabras como si fueran arcilla para transformarla en afilados cuchillos que fui tirando uno a uno contra ella. Los primeros fueron cayendo, estaba acostumbrada a recibir golpes psicológicos de parte de su padre, pero se había olvidado de algo: el arte de la magia se basa en la distracción. Así fue como saqué el as de mi manga: -  ¿Sabés que pasa, Mica? Vos estás deseando que yo haga lo que vos querés, lo mismo que hizo tu viejo con vos durante años...- Y seguí... a los gritos - ¡Pero eso no te lo voy a permitir! ¡Yo voy a tomar lo que se me raje y vos no vas a venir a decirme lo que tengo que hacer!-. Quedó shockeada, me miró y se largó a llorar desconsolada - Perdoname, Jorge ¿De verdad es eso lo que te hago sentir?

¡Aplaudan señores! ¡Había ganado una vez más! Lo había conseguido casi sin esfuerzo, la había quebrado en mil partes, le había distorsionado el campo de la realidad al punto que me estaba pidiendo disculpas... por cuidarme. ¡Explíquenme ustedes la ironía!.

Cualquier pelotudo de poca monta puede retorcer la verdad, lo hace un golpeador con su pareja todo el tiempo, sin ir más lejos. Pero, a diferencia de éstos, yo soy una obra de ingeniería avanzada, un verdadero hijo de puta con todas las letras. Por supuesto que me sentí mal por manejarla de esta forma, pero fue una sensación apenas pasajera, olvidé todo con su primer abrazo, la total y absoluta confirmación de que mis palabras habían sido las correctas. Sentí alivio de que se tragara toda esa basura sin siquiera poder cuestionarse qué tanto tenía de real. El amor hace fuerte a las personas, pero esa fuerza no siempre se aplica en la dirección correcta.

Solo había una cosa que me inquietaba: cuánto tiempo iba a poder mantenerla bajo este efecto enfermizo, qué tan fuerte había sido la dosis para mantenerla sedada.

Durante los próximos meses. Micaela siguió viniendo a mi casa, ahora más apagada, triste. Yo sabía lo que estaba pasando y terminé siendo víctima de mi propio consejo, uno que supe darle a un amigo en una charla: - ¿Sabes lo que pasa cuando un vidrio se raja? No para de romperse hasta que solo quedan esquirlas y no importa cuánto lo cuides, tarde o temprano se destroza.

Que bueno que soy para dar consejos a la gente... Un genio.

Pasaron muchos años. Más años pasé en mi habitación, solo. La misma donde habíamos compartido miles de tardes. Hasta que un día ella logró sacarse las vendas, lo venía haciendo muy de a poco, para acostumbrarse lentamente a la luz. Es que el gran problema de armar un campo de distorsión es que en algún momento se desvanece, esa imagen proyectada tan cerca de tus ojos, que no te permite ver lo que hay detrás, no dura para siempre y el resultado final ¿saben cuál es? Un terrible odio, indiscutible, innegable y eterno.

Sé que ya no hay vuelta atrás y que es muy probable que nunca leas esto: te quiero Mica.