Ahí estaba, a un paso de entrar a
una charla de 45 minutos estrictos que suponía iban a cambiar mi vida por
completo, pero ¿que me hizo llegar a este punto?
Cuatro es el número estigmático: la
mayor cantidad de días que pude estar sin tomar alcohol. Muchas cosas pasaron
antes que siquiera pensara en mantenerme fresco unos días, varias de éstas
fueron historias de las que uno cuenta con gracia entre amigos o para romper el
hielo en una charla. Contadas por separado y sin línea temporal resultan
graciosas, aunque podrían perder toda la gracia si se ven desde un panorama
completo.
Hace unos cuantos años salía de una
fiesta, de esas que por unas monedas te dejan tomar hasta quedar quebrado en el
piso y, de hecho, la mayoría lo consiguió.
Yo estaba acostumbrado a tomar en
grandes cantidades, un promedio de 6 litros de cerveza diario, lo que hizo que
pudiese tomar más que la media sin esfuerzo. Cargué unos vasos y me los llevé
de camino a casa. Por suerte vivía a unas cuadras, por lo que pude llegar… a
los tumbos, pero entero. Aunque, sinceramente, no sé si llegué gracias a mi
tolerancia alcohólica o porque volví con unos amigos que probablemente se
encargaron de que llegara a mi departamento que, por suerte para ellos, quedaba
en el segundo piso del edificio. El 2E.
A las 6 am, desperté en la ducha
mientras el agua caía incesante en mi cabeza. Traté de despertar, no enfocaba,
no entendía qué estaba haciendo ahí tirado. No sabía qué pasaba y tenía un
terrible dolor de cabeza. ¿Alguien me había dejado completamente vestido bajo
la ducha y se había ido? ¿Había llegado por mi cuenta y por alguna razón había
decidido darme un baño de agua helada para despabilarme?
El lugar era un desastre. Inundado
por completo. Muebles mojados, el colchón -que siempre estuvo tirado en el piso
porque me resistía a comprar una cama-, estaba completamente empapado en agua,
como si Noé hubiese pasado por ahí, olvidando el detalle de subirme al Arca.
Por desgracia, la explicación era
mucho más sencilla que aquella que contemplaba un escenario de parejas de
animales subiéndose a un barco enorme guiados por un salvador de la humanidad… Simplemente
había quedado tendido sobre el piso, tapando por completo la rejilla donde desagota
el agua. Esa vez, el destino estuvo de mi lado. La próxima, podría morir electrocutado
en un cortocircuito provocado por la humedad y los aparatos conectados a lo
largo y ancho del lugar.
¿Azar? Tal vez. Pero de inundar un
departamento a incendiarlo hay solo un par de vasos de diferencia. Como el día
que puse unas hamburguesas sobre la plancha de la cocina y me quedé
profundamente dormido sobre la mesa. Esa vez desperté con un estímulo un poco más
fuerte que el agua: sirenas de bomberos, el golpe desesperado de la puerta y
los gritos de los vecinos sumaron un poco más de dramatismo a la escena.
Una cosa era cierta, las cosas se
estaban saliendo de control.

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