Hola, me llamo Jorge, tengo 35 años, mido 1.69, peso 95 kilos y, a simple vista, soy una persona normal, tan
común como todos, con problemas, días buenos y malos, tengo un trabajo, una
familia, amigos… Pero hay algo fundamental que me diferencia de ustedes: yo soy
alcohólico. Y, en unos minutos, uno en recuperación.
Así fue que terminé en el Sanatorio
Adventista Del Plata, un lugar imponente, de varias manzanas de estructura,
reconocido internacionalmente por el tratamiento de adicciones: drogas,
tabaquismo, obesidad y alcoholismo, son algunas de sus especialidades. El mejor
-según dicen-, donde se trataron muchas personas importantes de Argentina en
absoluta reserva. Y a juzgar por su costo de varios sueldos mensuales por
tratamiento, más vale que lo sea.
El sanatorio se encuentra en una
villa al costado de la ruta nacional número 31, en un pueblo de nombre
"Libertador San Martín" en la provincia de Entre Ríos. Y aunque es
más conocido como Puigari, Libertador es un nombre más adecuado. Dudo que sea
una coincidencia.
No era la primera vez que iba a un
lugar en busca de ayuda para alejar mis problemas con el alcohol, de hecho era
la segunda.
La primera fue una experiencia
nefasta con un juez todopoderoso sentado al otro lado del escritorio,
diciéndome que tenía que entender que mis proyectos de futuro eran demasiado
grandes, mis expectativas, demasiado lejanas, y aceptar el hecho de que no iba
a alcanzarlas. De esta forma iba a dejar de exigirme y de castigar mis fracasos
tomando excesivas cantidades de alcohol. Y aunque suene convincente en primera
instancia, créanme, él estaba necesitando más ayuda que yo.
La mañana que llegué a la villa,
estaba nervioso y, como buen fumador, estaba necesitando un cigarrillo para
calmar un poco los nervios de conocer a la persona que me iba a tirar una soga
para salir de este pozo solitario, pero sobre todo oscuro.
Mientras arribaba a destino se
podían ver hermosas casas, el pasto bien cuidado en la avenida central (que no
tenía más de 5 cuadras) y ningún papel tirado en el piso. Paré un segundo, bajé
el vidrio oscuro de mi auto para preguntar dónde quedaba el sanatorio; una
chica en bicicleta, sonriente, sabiendo por qué estaba ahí, respondió: -Allá,
al final de la calle, a la derecha-. Ya están acostumbrados a recibir gente
extraña en busca de la principal y única atracción del pueblo.
A primera vista parece uno de esos
lugares de ensueño donde nada puede salir mal. A mi me importaba poco; después
de todo, sólo quería un cigarrillo, fumarlo, cumplir con mi futuro salvador e
irme.
No era una tarea fácil. Por orden
de la iglesia Adventista no se vende cigarrillos de ninguna marca en ningún
negocio. Es sectario y lógico, nadie publicita un pueblo a todo un país como
"la cura de todos los males" vendiendo alcohol, cigarrillos… y ni
hablar de drogas. Aunque restrictivo, religioso fanático y en contra de lo que
piense, tiene sentido. A nadie se le ocurre que en la villa de la sanación
vendan todo tipo de adicciones.
Y ahí estaba, en la sala de espera,
analizando a los futuros pacientes de mi médico -un psiquiatra, en realidad-,
mientras miles de justificativos me mantenían sentado ante la necesidad de
salir corriendo: "lo hacés por tu hija, por tu familia”… “¿querés perder
todo?"… "éstos que te miran están peor que vos"… "¿qué hago
acá? yo me puedo curar solo"… "me quiero ir a la mierda"…
"no, no te podes ir, para esto viajaste hasta acá"… "ya estoy
acá"…
Resignación.
El médico abrió la puerta y dijo mi
nombre: -Capitani, Jorge Alberto.

Es interesante, tu apellido (la marca familiar que a veces se torna como un estigma) Capitani... y no pudiste tener el control de tu nave, tu vida, a flote... dejaste que los otros (incluso el alcohol) navegaran por vos.
ResponderEliminarDisculpá, a veces suelo buscarle el pelo al huevo.
Te felicito por este trabajo narrativo.
que buen lugar la villa! soy un ateo de mierda, pero creo que un poco de amor cristiano puede ser algo muy bueno para el corazón...
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